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El aislamiento del alma en tiempos de confinamiento. La otra realidad de los jóvenes.

“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás”

Herbert Spencer.

 Edwin Perilla Rueda

I.E.D Miguel Unia

Agua de Dios – Cundinamarca

 

 Señalar las adaptaciones sociales producto de la pandemia puede rayar en la redundancia y en los ya innumerables escritos sobre la transformación social, en la que el mundo se ha visto abocado a asimilar producto de las restricciones de una realidad, cada vez más alejada de lo que alguna vez asumimos como normalidad.

Entre tanto los escándalos por fiestas clandestinas, manejo irresponsable del distanciamiento e incluso jornadas de movilización social, estas últimas opacadas en algunas ocasiones por actos que se desenfrenan hacia el vandalismo, tienen como factor común un elemento cada vez más representativo: los jóvenes.

Independientemente de las miradas de orden político o ideológico que se quieran dar al estallido social que hoy vive el país, tendremos que cuestionarnos aspectos sumamente fundamentales sobre: ¿cómo está el bienestar psico emocional de la juventud hoy en día? Y más importante aún; ¿cuál será el reto venidero para la educación al respecto?

Las dinámicas de soledad, frustración, ansiedad y depresión características en los procesos evolutivos de la adolescencia siempre han sido vividas tanto en el escenario escolar como en el familiar, no obstante la interacción social es un mecanismo clave en la dinamización de estos factores por los que se canalizan estas sensaciones se   establecen espacios de catarsis y de esparcimiento que hace que estas variables encuentren por breves momentos un grado de liberación de estas pulsiones.

La educación virtual, el creciente desempleo, la constante incertidumbre de un futuro incierto, la marcada desesperanza por realización de metas y la sensación de tener a la muerte como elemento cada vez más real y cercano producto de familiares y allegados afectados por el virus, han provocado un sentimiento nunca experimentado en ninguna generación de adolescentes; una ausencia de espacios abiertos en los cuales liberar sus sentidos y apasionamientos.

Además, podemos considerar que el cierre de sitios de encuentro como bares y discotecas, así como el no aforo en estadios y escenarios como conciertos, generó un malestar que va mucho más allá de la afectación económica; toda la energía dimensionada en las barras bravas, en las horas de baile o en los descansos de los colegios, tendrían que encontrar un lugar en el cual canalizarse. Si a esto le sumamos ausentismo parental, falta de acompañamiento y el artificial afecto que se mueven en las redes sociales, da como resultado un creciente malestar de tipo socioemocional que muy difícilmente encontrará lugar en los eventuales conductos sociales establecidos.

Lo anterior sin desconocer el profundo sentido crítico de quienes por años han sido invisibilizados y marginados por las políticas sociales del país, así como la  estigmatización de este grupo poblacional como agentes problemáticos, asociados a circunstancias como el consumo de sustancias psicoactivas, violencia, actividades delictivas  y otros; generan un grito silenciado que es imposible de acallar y que muchas veces se manifiesta con decepción, desesperanza, desilusión, falta de motivación y en muchos casos estalla en forma de ira, que en ocasiones vemos en casa y/o que se traslada a mayor escala en violencia generada en las calles.

En las jornadas presenciales se validan dinámicas hasta antes no percibidas, el conflicto cotidiano, la queja y el reclamos; encontraban un eco, un oído presto a escuchar no solo estas voces,  sino las emociones intrínsecas en el llanto, el murmullo e incluso los silencios; se percibía con mayor detalle la mirada, la nota y la evaluación no era exclusiva de los escritos, los talleres y las evaluaciones; habían conversación emocional con agentes presentes que cargaban e incluso a veces absorben todas las afectaciones emocionales que son difíciles de dimensionar a través de los monitores de los computadores o las pantallas de los teléfonos que por más inteligentes que se les quiera llamar; no son capaces de superar la innata habilidad humana de identificar en los gestos y las miradas las necesidades afectivas insensatas de una juventud y adolescencia cada vez más indescifrable.

 No es casual que tras de las diversas manifestaciones, se  haya traído a la vigencia de aquel rememorado tema musical de la juventud progresista de los ochentas “el baile de los que sobran” que resume a grandes rasgos aquel sin sabor de las promesas gobernistas de jugar a estudiar mientras las frías cifras muestran un alza en el desempleo juvenil que ha estado presente incluso en tiempos previos a la pandemia, el patear piedras se convirtió en el elemento de expresión, mientras en los espacios íntimos se golpean esperanzas, sueños, relaciones personales y el sentido del significado real de la educación.

Como diría Claudia Naranjo en su propuesta de la pedagogía del amor, el reto más allá de volver al aula es volver al lugar físico que desde hace más de dos años abandonamos y es encontrar en el alma y en el sentido crítico social la esperanza por buscar “redescubrir nuestra propia fuente: el amor, la sabiduría y el Ser mismo, lo divino, recuperando la capacidad de “presencia” o de estar en el “aquí y ahora”. Es acercarse a la conciencia suprema a través de la conciencia misma, es decir, a través de una vivencia. Es la educación vivencial del ser” (Naranjo C.)

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