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Formación para la democracia, desde la etapa inicial

Por: Rocío Dorado Cardona

Lic. en Educación Preescolar (CIDE).

Esp. en el Desarrollo Integral de la Infancia y la Adolescencia.

Est. de la Maestría en Educación de la Corporación Universitaria Iberoamericana.

Contacto: rosy516.6@gmail.com

 

Este artículo tiene como propósito visibilizar al niño y a la niña como sujetos de derechos, que los reconozcan como personas capaces, inteligentes y protagonistas de su historia, quienes tienen las habilidades para participar en los asuntos sociales de su contexto al conocer y vivir la democracia y ejercer su ciudadanía desde la infancia.

La democracia como una forma de vida es un proceso por construirse, es un camino que se debe recorrer acompañado de formación, de reflexión y participación para la acción política de los sujetos, este proceso se debe iniciar a temprana edad, posibilitándole a las niñas y a los niños expresarse, ser, hacer y estar. Los espacios pedagógicos en los procesos formativos deben siempre estar fomentando la reflexión sobre: el por qué, el para qué y el cómo. Conocer la democracia es un proceso complejo y amplio en el tiempo, lo que implica un trabajo pedagógico constante, interdisciplinario, participativo y reflexivo.

En este propósito, se hace el planteamiento del problema: hay desatenciones en los procesos pedagógicos en primera infancia, que desconocen la pertinencia de la formación hacia la participación política de las niñas y de los niños para conocer la democracia, desde el preescolar. En el devenir de la historia de la humanidad, siempre ha estado presente la exclusión y la invisibilización de seres humanos vulnerables a quienes se les han transgredido sus derechos: las mujeres, la población negra, los colectivos minoritarios, las personas migrantes e infortunadamente las niñas y niños, a quienes a lo largo de la historia de la humanidad no se les reconocía como sujetos de derechos.

En el sobrevenir de la historia, las niñas y los niños fueron tratados como seres inmaduros, sin potestad ni capacidad para actuar con criterio propio; esta situación es inhumana, pues en la sociedad actual se sigue pensando en el imaginario colectivo, que las niñas y los niños aún no están en capacidad de actuar con criterio, no tienen la facultad de elegir o de participar en la democracia, imaginada para las personas adultas, es pertinente entonces, deconstruir estos imaginarios y concebir una pedagogía crítica que construya un espacio de reconocimiento y valoración de las personas como sujetos de derecho.

Por eso, consideramos que la democracia y la participación deberían ser en la escuela experiencias cotidianas, generadoras de aprendizajes y facilitadoras de la construcción de una ciudadanía ética, responsable y crítica. La democracia se aprende, por tanto, participándola y viviéndola. Las escuelas democráticas, como la democracia misma, no se producen por casualidad pues como bien dicen Apple y Beane, (2000) se derivan de intentos explícitos de los educadores, de poner en vigor las disposiciones y oportunidades que darán vida a la democracia. (Osoro y Castro, 2017. p 91).

Si la educación favorece la formación de seres humanos para la democracia, desde el ir fomentando el pensamiento crítico y lo hace desde el preescolar, como un eje transversal y articulador en todos los espacios pedagógicos de formación, con el fin de contribuir a edificar una sociedad incluyente y defensora de la vida, puesto que otro mundo es posible si hay personas dotadas de palabra. Probarle al otro que existe sólo un mundo en donde coexisten en sus diferencias y que en este mundo él puede dar razón de sus actos, esto es probárselo a sí mismo (Rancière, 2012). Es así, sólo goza de derechos quien plantea el deber razonado que el otro tiene de reconocerlos; se trata de hacer valer su condición de persona igual, como sujeto político para la democracia (Rancière, 2007).

Formar la ciudadanía infantil es una necesidad para construir una sociedad incluyente, participativa y defensora de los derechos humanos, que busque la igualdad y el respeto por las diferencias para la visibilización de sus integrantes en su singularidad, al respecto Cámara (2012) expresa: “En la actualidad la participación infantil está en su mejor momento, porque tiene unas buenas bases legislativas que la reconocen, la defienden y la impulsan (…) La participación infantil está en boca de todos y todas, pero falta la parte más esencial y es que sea real, que forme parte de nuestra cotidianidad y sobre todo que pensemos en ella como formativa de la identidad de los niños”. (p. 382).

Una sociedad es verdaderamente democrática cuando sus ciudadanas y ciudadanos están formados para el ejercicio participativo de su ciudadanía. En este propósito, la educación se debe comprometer con un currículo basado en la experiencia, en el cual la formación ciudadana para la participación y la democracia se establezca como un eje transversal y articulador de todos los procesos pedagógicos. “(…) ¿Qué ocurriría si tratásemos al estudiante como una persona cuya opinión importase…? ¿Qué ocurriría si la voz de los niños y niñas fuera tomada en cuenta? (Osoro y Castro, 2017, p 92).

La práctica pedagógica que contribuye a la formación política, como un eje transversal y articulador desde la infancia, hacia la participación y la democracia como forma de vida, va desarrollando en los niños y las niñas una práctica de lo social, que cimienta el desarrollo de la conciencia y la responsabilidad en el ejercicio de una ciudadanía crítica y participativa.

 

Referencias bibliográficas 

Cámara, A. M. N. (2012). La participación infantil: concepto dimensional en pro de la autonomía ciudadana. Teoría de la Educación. Educación y Cultura en la Sociedad de la Información, 13(2), 380-403.

Osoro Sierra, J. M., & Castro Zubizarreta, A. (2017). Educación y democracia: la escuela como» espacio» de participación.

Rancière, J. (2007). En los bordes de lo político, trad. Madrid, A. Buenos Aires: La Cabra.

Rancière, J. (2012), El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión.

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